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jueves, 5 de enero de 2012

LA NIÑA DE LA SELVA

Raúl llegó hasta donde estaba el resto de su grupo. Cargó con el peso de su bolso y el portafolio en el que llevaba papeles y un grabador. Viajó con unas cuantas personas y tres guías en un pequeño barco que se abrió paso en el agua del Amazonas. El barco llegó a una especie de puerto y los pasajeros descendieron. Luego, los guías dividieron el grupo en dos canoas que los llevaron hasta el campamento donde recibiría a Raúl el jefe de la tribu. El grupo se dirigió a una reserva natural. Raúl esperó en la oscuridad a que lo buscaran. Luego de unos minutos apareció un hombre que se acercó hasta él. El hombre sostenía un faro pequeño y le hizo una seña para que lo siguiera.
Caminaron durante unos minutos, el descampado se transformaba en selva mientras avanzaban, hasta que llegaron al campamento, en el cual vio de cerca  las llamas de fuego que había visto desde el otro lado del río.

El hombre le dirigió unas palabras en español y en seguida habló en su lengua a otros dos hombres que pasaban por al lado. Uno de ellos cargaba sobre sus hombros una niña de unos diez años. Raúl siguió con su mirada el trayecto de los tipos, acompañó con un movimiento de su cabeza de izquierda a derecha los ojos de la niña, que giró su cabeza para no perderlo de vista. Una trenza larga anudaba el pelo de la niña, el cual se extendía hasta la cintura. Las pupilas negras casi le ganaban todo el espacio a la esclerótica. En ese instante, Raúl sintió un ardor seco en su brazo derecho. Algo lo picó. Él se había jurado a sí mismo que ninguna cosa rara de la naturaleza le arruinaría su viaje, nada evitaría que cumpla con su trabajo. Debía marcharse de ese lugar con las entrevistas e imágenes necesarias para escribir el artículo que le encomendaron en la redacción. A sus treinta y ocho años, Raúl nunca se había fracturado un hueso ni había estado internado. Le tenía demasiado miedo a los hospitales como para pasar una sola noche allí.

El hombre que lo recibió cuando llegó al campamento le dijo que esas picaduras producían fiebre. Raúl trataba de concentrarse en las actividades planeadas para el día siguiente para olvidar que ese bicho había entrado en contacto con su cuerpo. El hombre le mostró el lugar para dormir. Era una pequeña tienda alejada de las demás. Entró y acomodó el bolso y el portafolio en una esquina. Sacó unos papeles que pretendía leer antes de dormirse pero sentía que se desmayaba. Se acostó y apagó el farol que le habían entregado. De a poco, su vista se acomodó a la oscuridad y toda su atención se concentró en el brazo de la picadura. Llevó sus dedos hasta allí y rozó un bulto. Sintió algo húmedo y supuso que era sangre o agua. Escuchó unos pasos e inmediatamente ingresó en la tienda uno de los integrantes de la tribu con un recipiente que acercó hasta su cara.
_Bébalo_

Raúl no llegó a responder y el hombre se alejó. Bebió un sorbo grande de la vasija. No podía distinguir el sabor del líquido pero le recordaba a perfume de flores. Escuchó gritos agudos que venían desde alguna de las tiendas. Le costaba darse cuenta si eran risas de adultos o si era el quejido de una niña enferma. Por momentos parecía el sonido de niños desvelados. Luego de unos minutos aparecieron voces graves en tono de reto.

Al otro día se levantó y se sintió un poco mejor. Otro hombre le acercó una bebida que Raúl ingirió con desesperación. El calor era más intenso por las mañanas. Salió de la tienda. Pasaron tres hombres, uno de ellos llevaba una víbora muerta colgada de su cuello. Lo miraron y se dijeron algo entre ellos.
Raúl se acercó hasta la orilla del río y comenzó a observar las relaciones que entablaban los habitantes del pueblo. Por momentos deseaba volver a la tienda pero se convencía que eran el calor y la resaca de la picadura que le hacían sentir náuseas. Notó como todos los habitantes del lugar lo miraban con desconfianza. El hombre que lo había guiado hasta el campamento se acercó y le preguntó si sentía mejor. Caminaron por la orilla del río y Raúl sacó fotos a un pez gordo que, por momentos, parecía ser de color violeta bajo el brillo del sol.

A la noche, volvió la fiebre. Otro hombre le acercó una bebida.
_Usted estaba gritando_ le dijo
Raúl se incorporó y le aseguró que él no estaba gritando. Se rascó la barba y se tocó la frente con la mano, sudaba y se sentía un poco confundido. Bebió del recipiente mientras el hombre lo miraba fijo.
_Duerma_ le dijo, juntó el recipiente y salió de la tienda.
Raúl salió atrás de él y se quedó parado detrás de un árbol. El hombre se metió en otra tienda. Raúl escuchó que hablaban en voz alta pero no entendía lo que decían. A la derecha de la tienda, el fuego que había servido para la cena ya era cenizas. Escuchó gritos similares a los de la noche anterior. Esta vez, pudo distinguir el quejido de una niña. Seguían hablando en voz alta, parecían coincidir en sus palabras, todos los sonidos se acomodaron y se escuchó un rezo en conjunto. El coro era el quejido de la pequeña que, por momentos, se confundía con el sonido de un animal. Regresó a su carpa y se quedó dormido.

Cuando se despertó no había nadie en el campamento. Decidió recorrer el lugar. Se acercó hasta el río, comenzó a alejarse del campamento y se sentó en un tronco. Escribió en su talonario de apuntes la fecha. Le costó recordar el día con facilidad. Cuando levantó la cabeza para pensar se encontró con la mirada de aquella niña que lo miró el día que llegó. Los ojos grandes negros eran inconfundibles. El cuerpo de la pequeña tenía algunas marcas que parecían símbolos. Raúl creyó que esa era la niña que se quejó las noches anteriores y su cuerpo mal tratado comprobaba que era así.
Él le hizo un gesto para que se acercara. Ella salió corriendo y desapareció en la selva. Raúl llegó a escuchar el trote y el consecuente ruido de las plantas.

A la noche, comenzaron a llegar los habitantes que habían estado ausentes todo el día. Uno de los hombres que le alcanzó la bebida la noche anterior cargaba algo sobre el hombro, envuelto en una manta. Raúl miraba fijo la escena desde su tienda. Los hombres hablaron y el que cargaba con el saco empezó a caminar hacia la tienda más grande. Cuando se dio vuelta, Raúl vio que una mano pequeña salía del saco. Se convenció de que la fiebre había vuelto y esa sería la causa de su confusión. No podía ser una mano humana. Decidió salir de la carpa y logró ver que el saco estaba cerrado. Se mareó y otro de los hombres le alcanzó una vasija para que beba. La bebió y regresó a la tienda y se recostó. Se sentía cansado. Escuchó el trote de un animal que se acercaba cada vez más a su tienda. Se asomó, unos hombres corrían en la misma dirección que el animal. Decidió esperar a que regresaran. Unos minutos después pasó el hombre que cargaba el saco y Raúl vio que sobresalía una pata fuera de la manta. El agotamiento y el calor lo tumbaron a un sueño profundo.

Al día siguiente, Raúl se levantó y guardó todas sus cosas. Creyó que no era un buen lugar para realizar su trabajo, ya que no se acostumbraba a ese clima tan caluroso. Necesitaba volver a la ciudad cuanto antes. Caminó hacia el lugar donde se había despedido de los primeros guías, para dirigirse a la reserva donde estaría el grupo con el que cruzó el río. En el camino se cruzó con la niña que tenía los dibujos en el cuerpo. Lo miró y produjo unos sonidos que Raúl no comprendió. La niña sonrió e hizo un gesto con la mano. Raúl se alejó lentamente y caminó sin devolverle la mirada.






EL COLCHÓN DE LOS RESORTES ROTOS

El señor Beltrán se despertó dolorido. Tomó la sábana de un extremo y, sin levantar el cuerpo de la cama, la desenganchó y el colchón quedó al descubierto. Debajo de la tela rota, había unos pequeños resortes oxidados, alrededor de los cuales, la goma espuma color naranja estaba enmohecida en algunas áreas.
Él no sabía si el colchón fue siempre duro o lo notaba ahora que dormía sólo. Su mujer, Elena Díaz de Beltrán, había muerto de neumonía dos meses atrás a los 56 años. Desde el día en que se conocieron ella le dijo que sus pulmones eran débiles pero que cocinaba como una cocinera profesional. El plato preferido del señor Beltrán era el mondongo. Elena detestaba el mondongo pero lo hacía porque le gustaba mirar mientras su esposo devoraba la porción destinando breves pausas a mojar el pan en el plato.
No tuvieron hijos y, a los 60 años, el señor Beltrán tenía sólo un sobrino al que no veía seguido. Lisandro vivía en Lomas de Zamora, era mucho viaje desde Saavedra, así que resolvieron verse sólo en las celebraciones y en los funerales. Cuando murió Elena, Lisandro fue el primero en abrazarlo durante el velatorio.
Llegó la hora de la siesta y el señor Beltrán se acostó boca arriba sobre la cama. Pensó que el colchón no era tan incómodo de día y miró el techo durante varios minutos. Construyó distintos tipos de animales y plantas con la unión de las manchas negras. Una luz tenue se filtraba entre las hendijas de la persiana que da a un patio interno. Bajó la mirada y vio la imagen sobre la mesa de luz, quiso evitarla pero le llamó la atención la fauna que adornaba el fondo. La fotografía pertenecía a una de las vacaciones que el matrimonio pasó en la costa. Elena posaba sonriente mientras presentaba, con un gesto de sus manos, el paisaje que la envolvía detrás. Él pensó que ese colchón le iba a arruinar la espalda y decidió que compraría uno nuevo. Se acercó a la máquina de escribir. Se miró los dedos. Pensó en adelantar trabajo. Desde la muerte de Elena, el señor Beltrán escribía algunos artículos desde su casa. A veces, envían desde la empresa a un chico de unos dieciocho años a buscar los escritos. Algunos días fue Beltrán quien se acercó a las oficinas. Antes de incorporarse discó el número de teléfono del trabajo.
—  PrintPress Hermanos.
— Buenos días, soy César Beltrán, ¿me comunicaría con el señor Rottstein por favor?
— César, ¿cómo le va?, lamento su pérdida.
— Está bien querida, ¿se encuentra Rottstein?
— Ya se lo paso.
Terminó de incorporarse y enroscó el cable del teléfono con los dedos.
— César, ¡qué bueno escucharlo!
— Igualmente señor, quería avisarle que mañana vuelvo a mi puesto.
— No se haga problema César, tómese el tiempo que necesite.
— Le agradezco pero no creo que pueda estar mucho sin trabajar.
— Imagino que no, pero ya sabe, cuando pueda.
— Nos vemos mañana entonces, hasta luego.

Al día siguiente, el señor Beltrán salió a barrer la vereda. Por primera vez no tenía ganas de ir a trabajar. Tampoco tenía ganas de avisar que finalmente no iría. El sol estaba incrustado en el medio del cielo a las doce y sólo lo detenían algunos árboles. Levantó el polvo de la vereda y descubrió que unas pequeñas flores blancas se asomaban entre las divisiones de las baldosas. Oyó un silbido desde la vereda de enfrente. Eran tres de los ocho hijos de la señora Hernández. Ella es viuda y a penas tiene para comer, según se dice en los almacenes del barrio. Los hermanos le silbaban a él.
— ¿Qúe quieren? preguntó
— Estamos paseando, ¿qué, no se puede?
El señor Beltrán bajó la cabeza y se dedicó a barrer. Manejaba la escoba con más envión que antes de la aparición de los hermanos. Se fueron por el medio de la calle y doblaron a la derecha en la primera calle que cruzaba a Manzanares.
Entró en la casa y acomodó una fuente beige de porcelana que estaba en uno de los estantes del zaguán. Cruzó por el pasillo de cuadros gigantes y, en la cocina, prendió un cigarrillo que fumó con pitadas profundas. Detuvo su mirada. Los hongos se unían y creaban una gran mancha negra con bordes verdes en la unión del techo y la pared. Sonó el teléfono.
— Tío, ¿cómo andás?
— Lisandrito, ¿Qué contás?
— Bien, quería saber si necesitás algo.
— Mirá querido, necesito dormir.
— ¿Pero no pudiste dormir ni unas horas?
— Lo mesmo que nada querido.
— Necesitás tiempo.
— Es el colchón que está estropeado, uno se levanta duro.
— Dejáme que yo me lo llevo y lo remedio. Te acompaño a comprar otro si querés.
— No sé, mañana me doy una vuelta por el local de almohadas y colchones.
— Está bien, avisáme si tenés algún inconveniente.
— Claro, voy a cocinar algo, saludáme a Noemí.
— Adiós.

Se fue a dormir. Se despertó a las 6 de la mañana. Le dolía la espalda, el cuello y las costillas. Cada vez que se daba vueltas en la cama se despertaba porque su cuerpo tocaba con las maderas. Sus ojos estaban hundidos y le dolían los huesos de la cara que apretujó con ayuda de los dientes durante la noche. Fue hasta el baño, se echó agua en la cara. En su cuarto, miró el traje que usaba para ir todos los días a la redacción, lo guardó y se puso una camiseta blanca, sobre la cual se abotonó una camisa gris de tela fina para el verano. Salió a la calle para ir al local de colchones. Encendió el Peugeout 404 y arrancó. Dobló a la derecha y vio la figura huesuda de la señora Hernández que lo miraba mientras giraba el manubrio. Ella simplemente lo miró pero no atinó siquiera a saludarlo. Él hizo un breve gesto que murió a mitad de camino ya que intuyó que ella no iba a responder al mismo. Después de unas cuantas cuadras, llegó al local. Uno de los vendedores se acercó al señor Beltrán y charlaron durante varios minutos mientras miraban colchones. Volvió a su casa. En cuanto entró, sonó el teléfono.
— Tío, ¿cómo andás?
— No bien llego y ya me estoy yendo querido, ¿te puedo llamar más tarde?
— ¿A dónde vas?
— Voy a comprarme un colchón nuevo, vengo de allí y el vendedor me dijo que hacen descuento si llevo mi colchón.
— Ah, ya me había ilusionado con traérmelo yo.
— Es que así es más barato, dijo el señor Beltrán con un tono amistoso.
— Te llamo más tarde entonces.

Salió por segunda vez en el día a la calle. Eran las cuatro de la tarde y el barrio todavía no salía de la siesta. Se sentó en el auto, el ruido del motor repercutió en toda la cuadra, bajó la ventanilla y giró su cabeza a la izquierda luego de que la señora Hernández le tocara el brazo. Se asustó pero ocultó los nervios con una gran sonrisa. Ella mantuvo su mano sobre el brazo del señor Beltrán.

— ¿De dónde sacó ese colchón don Beltrán?
— Lo llevo a cambiarlo por uno nuevo, así es más barato.
— ¿No quiere pensarlo? A mi me vendría muy bien.
Él sintió pena por ella. La señora tenía ojos marrones que, por momentos, parecían amarillos. La piel de los brazos le colgaba de los huesos finos y los rulos se aplastaban contra el techo del vehículo.
— Lo siento, tengo que arrancar.
— Vaya, vaya- dijo ella al tiempo que movía la mandíbula hacia la derecha y seguía el recorrido del auto desde donde quedó parada.

Llegó  a la puerta del local y vio al vendedor desde afuera. Estaba por salir del auto, pero decidió que podía mantener el colchón por unos meses más. Se metió en el auto y arrancó rápido para que no ser visto por el vendedor.
El señor Beltrán volvía angustiado y disfrutaba del sol que pegaba en el vidrio de adelante y lo enceguecía. Pensó en volver al local y deshacerse del colchón. El barrio estaba en pausa. Eligió doblar en una calle que nunca transitaba y el sol desapareció. La pequeña calle estaba repleta de árboles de naranjos y él redujo la velocidad. Al final de la calle aparecían las figuras escuálidas de los hermanos de enfrente. Tres de ellos se ayudaban para arrancar las naranjas del árbol de la esquina. Otros tres se pararon en el medio de la calle y el señor Beltrán frenó el coche. El mayor se acercó hasta la ventanilla, escupió en la calle y lo miró fijo sin decir nada. Sus ojos eran verdes y no llevaba camiseta. Le corrían las gotas de sudor por la frente y cada vez metía la cabeza más adentro del vehículo.
— ¿Qué pasa? Dijo el señor Beltrán con la garganta seca
— Dénos el colchón.
—    No puedo, no puedo dormir en el piso.
Oyó un ruido en la chapa del baúl y vio que uno de los hermanos arrojaba naranjas desde un árbol al cual estaba trepado. El mayor comenzó a desenganchar el cordón que mantenía el colchón sobre el techo. Inesperadamente el señor Beltrán le dio un golpe en la panza al joven, sin salir del auto. Nunca había golpeado a nadie. El joven abrió la puerta y lo tomó del brazo.
—    Afuera—  dijo.
Le apretujó el cuello y lo miraba con sus ojos verdes que se movían de un lado a otro mientras apretaba los dientes. Las gotas de sudor aparecían más espesas en su rostro y se mezclaban con las manchas de tierra que tenía en la cara. Lo empujó y cayó al piso. Los hermanos se subieron al coche y arrancaron. El colchón tambaleaba sobre el techo.